Sabariego

 

El hombre de Vitrubio

Hacer la exégesis siempre amarga y tediosa, para el pintor, siempre opresiva, por lo que tiene de lacerante sobre su oficio, de comunicador de ideas a través de una sola imagen, es la explicación de la explicación. Nunca pedí nada, sin embargo parece que estoy en deuda con todos. mis contemporáneos y mis antepasados, ¿quizás les robé su tiempo, sus imágenes, sus sueños?. Sé que a los primeros no debo nada, acaso desorientación, a los segundos no obstante mucho, comprendí la naturaleza de sus sentimientos que eran los míos, vi los trabajosos surcos que habían labrado con sus manos y los adopté como propios, y decidí que ya nunca más me sentiría extraño en la tierra de mis padres. Entre sus grietas encontré el hombre de Vitrubio que Da Vinci ilustrara, sus medidas, su confección, manifestaciones todas de una cosmovisión, que aunque pretérita nos pertenece legítimamente. Y no obstante seguí hurgando en el preciado palimpsesto, imaginando que todo era más antiguo, más profundo, era el Cristo crucificado, y aún , más arcaico, la propia cruz, una fantástica manifestación de aquel arquetipo que mejor nos define como especie, mejor aún el icono profundo que nos define de las demás especies, ahí su vigencia. Encerrado en un mandala universal. Pero hoy el péndulo ha dado una nueva oscilación, un nuevo salto dialéctico, y al igual que en el renacimiento el hombre vuelve a ser el centro, pero ya no es un hombre bien definido, los otrora gruesos y un tanto arrogantes contornos se diluyen y confunden con su mundo con su medio. Figura y fondo son de la misma sustancia, del mismo valor. El hombre se está volviendo sensible y se acerca a su soñado pasado atlante. Pero es tarde y estoy cansado, quizás solo se trate de una justificación ante quien seguramente nunca leerá esto. Abandono.

Oleo sobre lienzo
100 x 100 cm
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