Sabariego
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Es fácil que desde planteamientos muy distintos, nos encontremos con obras ciertamente similares.

Ver la imagen, pensar en imágenes, olvidar el pensamiento unidireccional y monolítico, no diseccionar, aprehender, sentir y degustar la pluralidad.

La imagen es anterior a la palabra, esculpida directamente en nuestro cerebro de lagarto, es punto en el espacio, tiempo detenido, precisión real y útil. Este es el material con el que trabajo.

En general nunca he sido partidario de la destrucción para iniciar nuevos caminos.

El arte debe imitar la realidad.

Si la realidad no tiene motivo ni finalidad la pintura tampoco. Existe un paso cualitativo, ya no se trata de imitar la naturaleza en su apariencia sino en algo mas intrinseco mas profundo, sus maneras de actuar. Sin orden ni concierto sin prejuicios, solo cristaliza en última instancia durante un instante fugaz, el momento en que lo analizamos a la luz de una teoria determinada. Que cobra sentido bajo su iluminación para volver a perderlo en cuanto esta se extingue o vuelve obsoleta.

La pintura exige un titánico esfuerzo y no solo por representar sino sobre todo por entender. En este sentido es siempre una lucha por superar lo que sabes, que se convierte en un estorbo, pero que paradójicamente debes utilizar. Para ello debes volver constantemente a las fuentes, a las impresiones de tus sentidos, a la realidad esquiva, pero de una manera imparcial, evitando prejuicios.

Observar con pasión la vida se convierte en el eje central de la pintura, sin renunciar a los orígenes, adoptar y adaptar la tradición, intentando ese paso cualitativo, aglutinando memoria y presente y buscando la congruencia del momento.

 
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